Juan Carlos Liendo

Cuando no llueve, Mérida es una ciudad perfecta para caminar. Quienes la habitan saben que difícilmente algo les quedará tan lejos como para no poder llegar a pie y que el esfuerzo dependerá de las ganas de llegar, así como de las ganas de regresar a casa. Ese fue el razonamiento intelectual que privó en la decisión de Martín, para engañar sus sentimientos el día que decidió vender su automóvil.

Para no saber nada de carros, Martín había entendido que lo suyo con el viejo Fiat Palio gris era apego; de algún modo estaba aferrado a la única posesión que subsistía al desguace paulatino en que se había convertido su vida, construida al amparo de lo que él suele llamar el gran árbol de Mérida: La Universidad. Puesto a hacer análisis, Martín está apegado a la Universidad de forma casi enfermiza, tanto como la mayoría de las personas que viven en esa ciudad. Vender el auto significaba, entonces, romper con otro de los lazos que lo amarraba a ese apego. Apego, la palabra que saltaba por todos los rincones mientras pensaba los siguientes pasos que daría en su vida.

En pocos meses se convertiría en padre por primera vez. A los 41 años de edad.

Por un accidente que su madre gustaba contar una vez y otra, había nacido en Cúcuta, más o menos en pleno paso fronterizo, un día de octubre de 1980; siendo su mamá merideña y su papá tachirense, tenían la costumbre (normal en la mayoría de la gente de esos lares) de “cruzar para el otro lado” a hacer compras, en la época en que el Bolívar era una moneda sana y robusta que movía la economía de la primera ciudad colombiana que se encuentra un venezolano cuando viaja desde Venezuela por el lado andino. Sus padres se fueron un fin de semana a terminar de equipar la “canastilla” del bebé, sin saber que la cuenta de ese embarazo estaba mal sacada.

Es que yo casi no eché barriga – decía la madre de Martín como justificación al dislate

Estaban en el Supermercado LEY del Parque Santander cuando la mujer rompió fuentes. Había pasado mala noche por ciertos dolores que no supo identificar bien; pero, considero normales e ignoró y se fue al LEY, con esa incomodidad, para continuar el maratón de compras. Allí, en uno de los pasillos, casi pare a Martín. Tuvo el tiempo justo para ser trasladada al Hospital Universitario donde parió sin pudor en el apuro de un mediodía que ella recuerda como insoportablemente caluroso.

A lo mejor, pensaba Martín, ese fue el evento que definió su vida. Cada vez más, cuando se acercaba a los 40, lo pensaba mientras apartaba de su mente lo que llamaba los escombros de su país. Ese nacimiento atolondrado lo había perseguido siempre como una penitencia impaga. Sobre todo ahora.

Estaba aterrado. Pensar que a su primer hijo podría ocurrirle algo semejante lo llenaba de pánico, sobre todo porque en su condición de profesor titular de una cátedra en la Facultad de Ingeniera Forestal de la Universidad de los Andes, tenía pocas opciones de pagar un seguro privado o contar con otros auxilios a la hora de cubrir los gastos que acarrearía el parto. El parto de un niño que le había llenado el corazón de desasosiegos y miedo.

Me gustaría decir lo contrario, pero en mis condiciones actuales, anunciar que estamos embarazados no es una buena noticia. Aunque tenga que compartirla con ustedes.

Ese fue el escueto mensaje que escribió en su muro de Facebook cuando María Nieves le anuncio que habían tenido un descuido a consecuencia del cual, ella se había dado cuenta, recién, de un embarazo tan próspero y adelantado que interrumpirlo sería imposible. Iban a ser padres.

Martín escuchó la noticia en la oscuridad del comedor que solían alumbrar con una vela pues la luz fallaba, irremediablemente, cada vez que por un guiño 

a la costumbre imitaban el rito de la cena en familia. Frente a si, en un plato, una banana cortada en rodajas y tres galletas dulces le recordaban la hora de cenar. María Nieves terminó de contar la noticia con la voz entrecortada por la emoción que estrellaba sus deseos contra el plato de comida y el recuerdo del pan del mediodía y la certeza de la nevera vacía; se puso a llorar desconsolada con la cabeza hundida entre sus piernas. Martín guardó silencio por largo rato, cree que transcurrieron unos 10 o 15 minutos antes de que reuniera fuerzas para levantarse, abrazar a la mujer que amaba y llorar con ella.

Mi abuela decía que todo niño nace con la arepa bajo el brazo – fue todo lo que se atrevió a decir.

Ninguno de los dos pudo comer esa noche. La única en que la causa del ayuno se debía a una cosa distinta a no tener nada que poner en la mesa.

A los 34 años de edad, María Nieves se considera una “niña prodigio” de tanto que se lo han dicho. Es la única de tres hermanas en conseguir un título universitario y es la única que trabaja desde que aprendió a hacerlo, aunque no tiene habilidades manuales de ningún tipo y odia cocinar. Ella es un cerebrito en toda regla a la que su familia llama “la come libros”, se graduó con todos los honores posibles de Licenciada en Historia y, es tanto lo que ha investigado y escrito en su corta vida, que no puede evitar sentirse vieja. Creía estar preparada para todo en la vida menos para entender la pobreza siete años atrás, cuando conoció a Martín en la presentación de los resultados de una investigación sobre el devenir histórico de ciertas especias vegetales endémicas de los Andes Venezolanos. Fue un flechazo que le golpeo más el intelecto que el corazón, como todo lo bueno que ha ocurrido en su vida.

Tres meses después decidieron mudarse juntos y poner en un mismo pote todo lo que tenían para cada uno; es decir, el sueldo de profesores universitarios y algunos de los beneficios con los que aún contaban. Era el año 2013 y Venezuela todavía parecía resistir. Puestos a decirlo, ninguno de los dos puede asegurar que veían venir el futuro, hasta que los alcanzó anidado en el vientre de María Nieves.

II
El día que Martín publicó en su muro la notificación de su recién adquirido embarazo, casi fue apedreado en una plaza pública. Sabía que esa manera de decir las cosas no sería bien recibida en una red social en la que todos se creen dueños de la verdad y aun así, no pudo evitarlo: Él y su mujer pasaban hambre. Por insólito que parezca, siendo ambos profesores universitarios, en el momento en que se enfrentaron a la noticia del nacimiento de su primer hijo, sus ingresos mensuales combinados no llegaban a 30 dólares en una ciudad en la que, como todo el país, la economía es una incomprensible creatura de dos cabezas: un Bolívar que nadie sabe bien para que sirve y el Dólar, la omnipotente moneda en la que se marcan todos los precios y se comercia desde la comida hasta los lujos más exquisitos.

Si, uno puede pagar en bolívares, haciendo la equivalencia al precio del dólar del día, es decir, cambia el billete con el que pagas, pero no el valor – trataba en vano de explicarle Martín a un antiguo compañero de post grado residente en Barcelona.

Hacer mercado era cada vez más difícil si no recibían algún tipo de ayuda. Ambos intentaban buscar algunos trabajos on line que siempre eran tan escasos como mal remunerados pues en algún momento habían podido equiparse relativamente bien en asuntos tecnológicos y, aunque tanto las computadoras como los teléfonos inteligentes de ambos empezaban a dar muestras de obsolescencia, servían para matar tigres.

Era muy difícil, de todos modos; ambos eran académicos y si recibían ofertas para corregir tesis, ser jurados de algún concurso o escribir algún artículo, el pago que les ofrecían era miserable. Nunca dijeron que no a algo, pues todo lo que recibían lo usaban para comprar comida, el único renglón de gastos que ocupaba su presupuesto.

Al principio se hicieron vegetarianos, cosa que a Martín le costó un mundo aceptar porque amaba un buen churrasco, luego empezaron a abusar de los carbohidratos. Sin decirlo, los dos sentían que comiendo harinas se llenaban más rápido y gastaban menos, el pan se convirtió en el alimento estrella.

Un día comenzaron a faltar otras cosas. Sustituyeron el queso por algún vegetal o empezaron a hacer milagros para cortar las rebanadas más finas que fuera posible Si bien ella nunca se convirtió en cocinera, le puso creatividad a la cosa de hacer sándwiches y ensaladas y a la de rendir hasta lo imposible lo que tuvieran en la nevera. Entonces empezaron los otros problemas.

Así llamaba Martín a todo lo que se atravesaba en el camino de las comidas diarias. Un día empezó a faltar el gas en el edificio por algo más que un día, un día la electricidad se convirtió en un recuerdo, un día el señor del abasto de las esquina, con el que había hecho una estupenda amistad basada en el crédito que le daba, en su obsesión por pagar y en cierta compasión, cerró el negocio y se fue para Ecuador y así, un día descubrió que esa familia que había formado a la edad en que la mayoría de sus amigos exhiben dos o tres niños, estaba sumida en la pobreza.

III
La noche que María Nieves confesó su embarazo, ambos se fueron a la cama con una preocupación común: el problema no era cuidar “la barriga” de la manera en que tener un niño sano exige, el problema era mantener ese niño sano, si es que nada torcía el camino. Estaban aterrados. Ambos habían visto suficientes fotografías de niños desnutridos, ambos conocían suficientes historias de niños que morían de mengua en los hospitales, ambos habían vivido por lo menos un par de casos de niños entregados a tíos o padrinos con mejor suerte que los padres a cambio de ser alimentados.

Ambos sentían el miedo comérseles las entrañas. Por eso Martín decidió empezar por renunciar a su más preciada posesión y María pasó la noche en vela sopesando la idea de interrumpir el embarazo terapéuticamente y esperar por mejores tiempos para cumplir su anhelo de ser madre.

Cada uno, refugiado en su soledad y en su miedo, pasó la noche entera llorando.

Al amanecer, él se arregló para salir, tuvo algunos gestos cariñosos con la mujer que ahora iba a convertirlo en padre, le aseguró que todo estaría bien y salió. Iba convencido de encontrar una forma de resolver el tema del embarazo. Ni él ni su mujer comían tres veces al día, si lo hacían, era porque habían descubierto la forma de estirar las menguadas raciones del desayuno y cena, en esas condiciones él consideraba una irresponsabilidad traer un hijo al mundo. ¿Lo deseaba? Tal vez, la verdad es que nunca se había propuesto ser padre.

Deambuló por la ciudad, visitó algunos conocidos, logró que un compañero de facultad le invitara un cachito y un jugo en una panadería y por fin, se atrevió a conversar con un médico amigo. Fue ese médico internista quien en realidad lo convirtió en padre. Muy en contra de todo lo que siempre había considerado un principio irrenunciable, Martín ese día, aceptó vivir de la caridad de los extraños. Antes de hacerlo, publicó el famoso mensaje en Facebook y regreso a casa con las manos vacías y el convencimiento de que tenían que vender lo poco que les quedaba, empezando por el Fiat Palio.

Durante las siguientes semanas, ambos emprendieron un frenético ritmo de supervivencia, detenido solo cuando el médico que había asumido el cuidado del embarazo de Nieves, levantó banderas de alarma sobre el estado nutricional de la madre. Era imposible dar a luz un niño sano en esas condiciones físicas, de modo que tocaba extremar cuidados: ya que ambos estaban decididos a ser padres “como Dios manda”, un niño enfermo no cabía en los planes. Una vez más el empeño del médico obró milagros: gracias a sus contactos con ciertos amigos trabajadores de organizaciones de defensa de derechos humanos dedicadas a hacer menos grave la Emergencia Humanitaria Compleja que vive Venezuela y con ella los venezolanos, la madre consiguió suplementos nutricionales, algo de ropa, enseres para el bebé y comida. Cada dos semanas, un voluntario de una organización tocaba a la puerta para entregarle una caja de víveres.

Fueron los alumnos de Martín, diseminados por el mundo, quienes hicieron el resto, porque el dinero obtenido por el mal negocio del automóvil alcanzó para pagar deudas, medicinas y hacer un pequeño ahorro que fue más tarde visto como maná providencial. Uno de esos ex alumnos llamó a todos los que pudo, entre ellos recolectaron un pote que dividieron para enviarle a la pareja mensualidades de ayuda mientras vivían el embarazo; con eso garantizaron tanto la buena alimentación de la madre (y el regreso ocasional de Martín al consumo de proteína animal) como el buen estado del bebé que crecía, ajeno a lo que su presencia había ocasionado, en el útero protegido de la madre. Las remesas alcanzaban para palear la locura que ocasionaba la fluctuación diaria de precios de los alimentos y para empezar a conseguir todo lo que un bebe requiere para llegar al mundo. Todo, comprado en ventas de segunda mano a parejas que emigraban como quien huye de la peste.

El sueldo de la universidad apenas alcanzaba para recargar los teléfonos o alguna otra menudencia.

IV
Bautista llegó a este mundo el 20 de marzo de 2020. A solo 7 días de haberse declarado la pandemia por el COVID 19, un virus que en Mérida pareció cuento de camino durante los primeros meses. En El Hospital, tan bien atendida como lo permitió la buena voluntad de quienes estaban de guardia ese día, Bautista nació, sin dificultad, en perfecto estado de salud y sonriente.

El niño que nunca supe entender como una bendición nació esta mañana, lo hemos llamado Bautista porque creemos que con él nacemos a una nueva vida, todos juntos. En esa vida están incluidos todos los que la hicieron posible. La madre y el bebé están bien, tienen comida y buen ánimo; al padre le toca seguir buscando trabajos – Ese fue el anuncio que Martín colgó en Facebook junto a una fotografía tomada minutos después del parto; en la foto, solo es posible distinguir felicidad.

Poco después del nacimiento de su hijo, Martín paso por el mal rato de enfrentarse a las consecuencias de los largos meses en que vivió con hambre: un examen de rutina, por alguna causa asociada a despistaje de COVID, hizo saber que padecía una antigua anemia. 

Pasó tres días con el resultado del examen en el bolsillo de la desgastada chaqueta impermeable que lo acompañaba a todos sitios.

El domingo en la tarde, mientras jugaba con su hijo en el piso del comedor, esperando que llegara la luz, sintió la ternura que antecedía siempre la llegada de su esposa. Ella se sentó en el piso, a su lado, le acarició el cabello e hizo carantoñas al niño. Él, sin mirarla a los ojos le contó de su anemia, ella encajó la noticia con disgusto y, con la voz firme con que se anuncian las grandes decisiones, soltó lo que llevaba en la cabeza hacía muchos meses:

– ¿Por qué no nos vamos Martin?
– ¿Para dónde?
– No sé, tú naciste en Colombia, ¿no?
– Si, en Cúcuta.
– Vámonos para Colombia y allá vemos que hacer, por muy mal que nos vaya allá, nunca va a irnos peor que aquí.

Martin guardo silencio por un rato, largo rato. Dio varias vueltas con el niño sobre los hombros y escuchó sus risas. María Nieves, callada, permaneció sentada en el suelo porque en ese instante supo que él ya había tomado esa decisión mucho tiempo atrás. Ninguno de los dos volvió a hablar del asunto hasta bien entrada la noche, después de haber acostado a Bautista, haber preparado una cena medida y frugal para ambos, haber hecho revisión de las provisiones que quedaban y haberse sentado uno frente al otro, gravemente, en el comedor que se había salvado de la venta. Entonces planificaron al detalle el viaje.

– Yo no puedo permitir que tu condición se agrave por seguir empeñados en Mérida. Las remesas de tus ex alumnos son cada vez más pequeñas y aisladas, lo que es lógico porque ya el bebé tiene 6 meses y esto no va a cambiar; Martin, yo no quiero volver al hambre.

María Nieves sentenció de ese modo el futuro de la familia. Un mes más tarde, gracias al pequeño ahorro que habían hecho en todos esos meses y a la alocada decisión de Amanda, la madre de Martin, por la cual parió en Cúcuta, la pequeña familia se mudó a Colombia. Nuevamente Facebook sirvió para poner orden a las ideas.

– Desde hace una semana, gracias al apoyo de muchísima gente, María Nieves, Bautista y yo, estamos viviendo en Medellín. Por ahora, en el pequeño y bonito apartamento de un ex alumno que me brinda hospitalidad. Aun no tenemos trabajo; pero creemos que pronto saldrá algo a pesar de la pandemia que aquí se toman muy en serio. Hay una razón, una sola razón con la que justificaré haber tomado una decisión a la que siempre estuve negado: Salimos de Venezuela porque quisimos escapar del hambre.

Nota: los nombres y otros datos que puedan identificar a los padres del niño han sido cambiados por expresa solicitud de ellos, quienes quieren protegerse de cualquier incidente que amenace su nueva vida en Colombia. El niño se llama Bautista y ellos han querido dejarlo así, como “para dar una pista”. Ambos accedieron a narrar su testimonio con la condición de que sirva como reconocimiento público y gesto de gratitud a las muchas personas que les ayudaron “a salir del hambre” 

“Cuando lo lean, ellos sabrán quienes son” ha asegurado María Nieves.