“Bioseguridad y salud”, es el tema que se lee en una pizarra de uno de los salones de la Escuela Bolivariana Julia Rodríguez Viña, de la parroquia Unare, municipio Caroní de Bolívar. Lo que le sigue, con distintos colores de tinta desgastada, son preguntas sobre el COVID-19.

La maestra Norka Viña recibe solo a dos de los 14 alumnos que debería asistir en su salón de tercer grado. Los llama para revisar los avances del día, mientras les da ejemplos de cómo podrían responder la asignación para la casa.

La luz y el poco aire que entra al salón, son naturales. No tienen bombillos y Viña perdió la cuenta de hace cuanto tiempo fue que robaron el aire acondicionado. La mayoría de los pupitres marrones fueron arrumados al fondo, justo debajo de unos cuadros alusivos a los símbolos patrios.

La docente comenzó a dar sus primeros pasos como profesora hace más de 22 años, en ese entonces, le hacia la suplencia a su mamá en un colegio rural ubicado en un sector campesino vía El Pao, municipio Piar del estado Bolívar. Allí se trasladaba en camionetica, algo imposible hoy en día, por la escasez de combustible y el déficit de transporte.
“Siempre me ha gustado trabajar con niños y desde el primer momento sentí la pasión por la carrera”, relata. Viña sacó su licenciatura en la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL) y empezó a trabajar formalmente desde hace 15 años.

Ha dado clases en todos los sectores: privado, semiprivado y hoy en el público. Para ella, uno de los momentos más gratificantes de su profesión fue cuando vio en la universidad a su primer grupo de estudiantes y le agradecieron por considerarla su mejor maestra. “Siempre tuve un objetivo: enseñar”.

Señala que además del contenido visto en clases, fomenta que sus estudiantes puedan tener una formación como ciudadanos, para que entiendan y apliquen los valores humanos.

“No hay que disfrazarlo, el gobierno ha descuidado los aspectos más importantes de una nación, que es la educación”.

Para Viña, la pandemia afectó mucho más el débil aprendizaje de los estudiantes y agravó las ya marcadas desatenciones del Estado en materia educativa. “No hay que disfrazarlo, el gobierno ha descuidado los aspectos más importantes de una nación, que es la educación”.

La Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) remarca que 35% de las personas entre los 3 y 24 años no tuvo acceso a la educación en 2021 y quienes lograron proseguir con sus estudios lo hicieron en un contexto de rezago académico, restricciones a internet, y falta de dispositivos electrónicos.

La docente cuestiona que algunos padres se desentiendan de las asignaciones del colegio y al final del año escolar lleguen esperando una respuesta que les permita pasar de grado sus hijos, cuando eso no deja aprendizaje y es un daño al estudiante.

Algunos niños tienen debilidades en temas que ya debieron ser aprendidos, han empezado a leer y escribir a penas al llegar a su grado. “El niño necesita tener ese contacto con su maestro, con su escuela”, dice. Aunque remarca que es fundamental las clases presenciales, considera que el aprendizaje es un matrimonio donde los padres también deben participar.

Pese al regreso a clases presenciales, este martes algunos salones estaban cerrados con candado. Las maestras no llegaron y los pocos alumnos que asistieron fueron devueltos a sus casas. El colegio, pintado con distintas tonalidades de beige, es de los más grandes de la zona. Tenía espacios como biblioteca y un salón de cultura, que hoy están clausurados y sin uso.

Pese a la gran infraestructura, no cuenta con iluminación y los protectores de los aires acondicionados solo quedan para evidenciar las condiciones que alguna vez tuvo. Aunque quedan pocas cosas de valor, el colegio sigue siendo desmantelado con el robo de láminas de acero. Durante la pandemia hubo más de cinco robos en la institución.

“No puedo aguantar más, Norka”

Durante la alarma sanitaria por la pandemia de Covid-19, la cobertura educativa disminuyó drásticamente para todas las edades en Venezuela, pero especialmente para la educación inicial (niños entre 3 y 5 años) y universitaria (jóvenes entre 18 y 24 años).

La educación a distancia y el deterioro de la calidad de vida de cada grupo familiar mantienen con tendencia al alza el ausentismo y deserción escolar en el país, revelan los nuevos resultados de la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) para el período 2020-2021, estudio realizado por la Universidad Católica Andrés Bello.

El estudio reveló que 11 millones de personas entre tres y 24 años que están demandando educación, apenas 65% se pudo inscribir en alguna institución educativa.

El agravamiento de las condiciones educativas es palpable en la inestabilidad laboral y emocional de los maestros.

“No puedo aguantar más, Norka”. Eso fue lo que le dijo una compañera de Viña antes de firmar su renuncia. Ganando poco más de 10 dólares al mes, tenía que decidir entre sus estudiantes o darle de comer a sus hijos. Se terminó marchando.

Hace más de tres años, Viña fue una de las que protestó por lograr mejoras económicas al sector educativo. Estuvo junto a otras compañeras de brazos caídos esperando una respuesta que significara una mejora para ellas, pero eso no sucedió. En cambio, fueron amenazadas con ser despedidas si no retomaban sus labores. En este momento la situación es mucho peor y sin la suficiente articulación y fuerza para volver a hacer una protesta representativa.

Mientras conversa, Viña muestra los estados de WhatsApp de sus excompañeras de trabajo. “Todas están entre tareas dirigidas, bodeguitas y ventas informales”. Maestras que, ante la falta de ingresos, se vieron empujadas a trabajar haciendo repostería o manualidades y abandonaron las aulas, algo que ella todavía no quiere.

“La desmotivación no es porque el maestro quiere ganar millones, es que el salario nuestro es tan bajito que para gastos como transporte, uniformes y materiales de trabajo no te alcanzan”, lamentó. La mascarilla, la careta plástica, el alcohol -que rocía cada 10 minutos en sus manos- y hasta los bolígrafos y marcadores, los compra ella o los dona algún representante.

“La desmotivación no es porque el maestro quiere ganar millones, es que el salario nuestro es tan bajito que para gastos como transporte, uniformes y materiales de trabajo no te alcanzan”.

Más de una vez, cuando le depositan la quincena, cuando sale al mercado, a la farmacia, o cuando renuncia una colega, se ha preguntado: ¿Qué estoy haciendo acá? “Cuando tienes una necesidad en tu casa, que no puedes cancelar porque no te alcanza, allí te desmotivas en un 200%”. Ante los bajos salarios y al no querer abandonar las aulas y sus alumnos, Viña ha tenido que rebuscarse con tareas dirigidas en las tardes y venta de algunos víveres en su apartamento. “Me he visto en la necesidad, porque esa es la palabra, de emprender con unas tareas dirigidas”. Esto implica salir del colegio pasada las 12:00 del mediodía, tratar de conseguir una cola o si no, caminar bajo el sol; llegar a casa, cocinar y preparar la sala de su apartamento para recibir niños de 2:00 a 4:00 pm, donde les complementa lo visto en clases y mejora su ingreso económico para lo básico: comida. “Llega un momento donde te sientes agotada, porque vienes de atender unos niños en la escuela, que además vienen de un año en casa y se debe retomar esa disciplina y costumbre”, añade. Durante sus comienzos jamás imaginó que ser maestro sería quedar en estado de orfandad. Su sueño, al igual que cuando comenzó, sigue siendo que al docente le sea respetado su trabajo y las necesidades del personal sean tomadas en cuenta.

Su mensaje, va orientado a seguir acompañando a los niños, hasta lograr condiciones de trabajo digno: “A pesar de las adversidades que el sector educación atraviesa, tenemos que continuar impulsando y enseñando a el futuro del país, que lo más gratificante es que ellos cumplan sus sueños, logren una profesión y sean exitosos en la vida”.

El relato de Norka Viña es uno de los tantos testimonios de docentes de educación básica que no pueden cubrir el costo de la canasta alimentaria, al tiempo que los servicios de asistencia social en la práctica están inoperativos, provocando la migración o el cambio de oficio para sobrevivir.

En 2018, el reporte sobre la Emergencia Humanitaria Compleja en el Derecho a la Educación ya advertía que los ingresos provenientes de la docencia son insuficientes para adquirir la canasta alimentaria. El gobierno nacional había anunciado ese año la homologación de tabuladores salariales de los docentes con montos cercanos al salario mínimo. Los incrementos salariales decretados por el gobierno no se reciben de forma oportuna y se diluyen debido al proceso hiperinflacionario que atraviesa el país.

Asimismo, los beneficios contractuales, como por ejemplo seguro de hospitalización y servicios funerarios han quedado muy rezagados lo cual hace imposible cubrir necesidades básicas, viéndose obligados a renunciar, solicitar permisos o abandonar sus cargos para dedicarse a otras actividades económicas o migrar.

Consciente de este cuadro y pese a la sobrecarga, la necesidad del rebusque y las precarias condiciones a las que se enfrenta día a día en el colegio, Norka Viña persiste en su oficio.

No sabe hasta cuanto durará en las aulas y aunque las energías y el entusiasmo quizás no sean los mismos, se niega a tirar la toalla. “Los niños quedarían solos y ellos no tienen la culpa”.