Maribel Rivero es una maestra zuliana de 52 años, de los cuales 22 los ha dedicado a la enseñanza de niños y adolescentes. Recuerda con nostalgia que antes de la Pandemia por COVID-19, que llegó al país a mediados de 2020, – todo era más bonito – aunque acepta que ya Venezuela venia enferma.

Sola en su aula de clases, aprovechó la tarde para corregir una torre de cuadernos con las actividades de sus alumnos de cuarto grado de primaria y mientras tanto contó su historia.

La vocación por lo que hace y el amor por sus hijos, como llama a sus 36 alumnos, son el motor que la mueve a diario para, según ella, formar en valores y humanidad a las personas que el país necesita.

– Antes teníamos problemas con los servicios públicos, con el pasaje para ir a la escuela y falta de alimentación, pero para mí era una situación llevadera, hoy no puedo decir lo mismo – soltó la maestra evidentemente conmovida.

Actualmente el salario de Maribel es de 55.00 bolívares quincenales, que junta con el de su esposo, Isidro, un médico que trabaja en el ambulatorio del sector Cuatricentenario al oeste de Maracaibo y que devenga “el mismo sueldo miserable”, dijo.

A principios del año pasado ese salario le permitió tener a Maribel, bolívares en efectivo para pagar cuatro pasajes y poder llegar a la escuela de fe y Alegría donde trabajaba anteriormente, pero a medida que fue empeorando la situación económica de Maracaibo con relación a la falta de papel moneda, pidió a sus supervisores cambio a una escuela más cercana a su domicilio, el sector Los Altos, de lo contrario tendría que renunciar.

En febrero del 2020 decidió poner una mesa en el sector Cuatricentenario. Ahí comenzó a vender objetos usados para ayudarse con los pasajes mientras esperaba el cambio de plantel, pero una vez que llegó la pandemia a Venezuela y cerraron los colegios, el sueldo comenzó a rendir menos.

– La pandemia cambio nuestras vidas, todos sufrimos y aún estamos dolidos. Mi vida personal cambio rotundamente –

El comercio informal se convirtió en su tabla de salvación y comenzó a cambiar ropa por harina pan, materos por granos y zapatos por mantequilla, para poder comer.

A medida que se agudizaban las restricciones laborales por la COVID-19, los buhoneros del centro de Maracaibo fueron migrando a otros lugares para continuar con sus ventas y uno de los puntos fue el corredor vial Cuatricentenario, frente al Colegio La Chinita, donde finalmente fue transferida Maribel.

– Tuve que mover la mesa para la casa de mi hermana, que queda cerca del colegio, porque los buhoneros del centro tomaron los predios del colegio y los mandaron a desalojar, entre ellos estaba yo. Además, los policías cobraban un dólar diario a cada vendedor ambulante por dejarnos estar ahí. Aunque no era mucho el dinero que hacía me ayudó a subsistir –

Clases cuesta arriba

Adaptarse a la modalidad de clases a distancia no fue fácil, según refiere la maestra. No por un tema de enseñanza, sino por la situación personal de las familias.

– Los padres se convirtieron en los maestros de los niños y lamentablemente no todos estaban preparados, costó mucho que nos acopláramos a esa modalidad que se unió al alto desempleo, colapso eléctrico, falta de comida y muchas veces los padres expresaron su angustia. Para mí fue duro, porque me duele saber que hay niños que se acostaban sin comer, incluso, antes de la pandemia iban al colegio con el estómago vacío –

A los niños les afectó no poder venir a la escuela, todo fue nuevo para ellos. Con una educación fría, sin canciones, sin abrazos de la maestra, sin consejos. – Muchas veces me sentí impotente, porque no podía hacer más para ayudarlos –

Diáspora que pesa en el corazón

Maribel confiesa que siente odio por el gobierno de Nicolás Maduro, y le echa la culpa de que su familia este destruida. Hace ocho años su hija mayor, Anabel, se fue a Colombia buscando una nueva vida. La joven que estudiaba Comunicación Social en La Universidad del Zulia, desistió de continuar sus estudios luego de sufrir un intento de violación y dos atracos dentro de la facultad de Humanidades.

Tres años después se fue su hijo Jorge, con su carrera de diseño gráfico a medio terminar y finalmente hace cinco meses, Ysmary, su hija menor, siguió los pasos de sus hermanos luego de que perdiera su beca de estudios en comercio exterior.

Mi hija menor fue la última que se fue a Santa Marta, y por ella he maldecido al gobierno, la culpa es de ellos, por la situación que hay. Mi hija encontró trabajo aquí y lo que hacía era caminar y caminar, esa niña se iba a desaparecer de lo delgada que estaba, no es justo – soltó.

La maestra hace una pausa, respira para contener sus lágrimas y suelta:

– Mis hijos no pierden las esperanzas de volver, pero me lleno de impotencia porque no los puedo ver, no los puedo abrazar –

Maribel ya es abuela y dice que le pesa en el corazón que en dos años que tiene de vida su nieto Mateo, solo lo ha visto una vez.

Ysidro de 26 años, es el único hijo que vive con sus padres en Maracaibo. Él también tuvo que dejar de estudiar y actualmente trabaja cuidando una señora:

– Mi hijo esta desilusionado, es triste verlo barriendo patios, haciendo marañas para ganarse una miseria y poder ayudar en casa, porque no tiene oportunidades en este país. Él está lleno de rabia, herido- dice la maestra mirando el techo del salón como quien busca aliento para seguir.

La calidad de vida se esfumó

La melancolía se apodera de Maribel. Hace a un lado los cuadernos y después de algunos minutos de silencio logra hacer memoria de su vida antes del caos, como ella misma lo describe. – Antes, ser docente era sinónimo de vivir dignamente, pero esta situación que estamos viviendo ahora no tiene coherencia –

Paradójicamente el barrio donde vive Maribel con su esposo y su hijo se llama Bello Horizonte, pero ella compara sus calles con los cráteres de la luna. Todas las noches cortan la energía eléctrica por cinco horas o más y prepara su comida en una cocina eléctrica porque no le alcanza para llenar su bombona de gas doméstico que cuesta siete bolívares cuando hay jornadas. Tampoco tiene nevera ni aire acondicionado.

Los días de comer bien y de darse pequeños lujos como comprar un par de zapatos o visitar un restaurante quedaron en el pasado para la maestra y su esposo. Ahora, aunque comen tres veces al día, han tenido que reducir las porciones para “estirar” la comida hasta fin de mes.

– A pesar de que solo somos tres, tenemos años que no logramos hacer una compra en la casa, resolvemos a duras penas las necesidades diarias, comemos menos. Por ejemplo, un paquete de harina pan nos tiene que durar una semana, y muchas veces comemos solo arepa con mantequilla, porque no alcanza para queso o huevo, nuestra calidad de vida se esfumó – dijo Maribel.

Tengo un salón triste

El 4 de octubre iniciaron las clases presenciales en el colegio La Chinita y enfrentarse a la realidad fue un choque emocional, según comenta. Describe su aula de clases como triste y apagada. Dice que sus alumnos lucen temerosos: – No es un salón normal, todo es diferente –

La rutina de la docente también cambió, ahora debe caminar 40 minutos desde su casa hasta el colegio y llegar puntual a las 7:00 de la mañana y la misma cantidad de tiempo de vuelta a casa.

Tengo que caminar porque el poco transporte público que queda cobra el pasaje en un dólar y no tengo. Intenté venirme en bicicleta, pero el segundo día me desmayé, así que agarré miedo

Aunque reveló que generalmente retrasa la hora de regresar a su hogar.

– Las clases terminan a las 11:00 del día más o menos, pero me quedo en la escuela terminando de revisar los cuadernos y preparando actividades, luego visito a mi mamá un rato que vive con mi hermana en el frente, recojo la mesa de la venta y de ahí me voy a casa con mi paragua y una gorra, porque el sol es inclemente –

Hasta el momento Maribel no ha visto pérdida de peso en su cuerpo, pero los dolores musculares debido a los cinco kilómetros que recorre a pie diariamente, no la dejan dormir.

– Mi vida esta rebosada de cansancio, de agotamiento físico y mental, caminar desde mi casa hasta aquí es difícil. En el camino tengo que parar a descansar un poquito cada cierto trecho, camino lento porque me canso mucho. Me he enfermado de los huesitos, las rodillas no las aguanto, todos los días me acuesto muy cansada y cuando me levanto parezco un robot, mi esposo me tiene que estirar – dijo entre risas la maestra de cuarto grado de primaria.

Para Maribel su reposo y su sostén frente a las adversidades está en Dios. Le da gracias todas las noches por permitirle un día más de lucha, y le pide antes de dormir que le de vida y salud para seguir formando el futuro de su país.

Con los ojos llenos de lágrimas dijo que también pide por sus hijos que están lejos – Señor, yo no los puedo ver, pero tú sí – repite Maribel mientras fija su mirada en una cuerda de rosarios que tiene encima de su pizarrón.

Dijo que la gente tiene el concepto de que los que emigran tienen una vida de ricos, pero la verdad es que al igual que ella, su hijo y su esposo, sus hijos en Colombia también se acuestan sin comer muchas veces.

Lo sabe porque tienen un pacto:

– Ellos dicen la verdad de cómo están allá y nosotros le decimos la verdad de cómo estamos aquí. Porque somos familia y nos amamos. Cuando nos acostamos todos sin comer, nos ponemos en oración juntos, ellos en Colombia y nosotros aquí, al mismo Dios que nos está escuchando y que conoce nuestros corazones, a él le pedimos –

Maribel limpia su cara y afirma:

– El maestro debe ser la joya de la corona de un país, porque es el que transmite la humanidad y el amor, pero también debe tener un salario digno y nosotros estamos muy lejos de eso, por eso lloro a solas con Dios y solo me queda pedir compasión – culminó la maestra.