Los servicios públicos estériles de Venezuela

Danitza Suárez Salas 

En cualquier país del mundo civilizado, la prestación de servicios públicos son un derecho fundamental que tienen todos los ciudadanos y que debe ser asumida por el Estado siguiendo un mandato constitucional. Sin embargo, Venezuela no es cualquier país del mundo. La carencia y precariedad de estos servicios elementales han obligado al ciudadano a buscar soluciones privadas, hace ya unos cuantos años, es así como los venezolanos han transformado su vida diaria en una permanente carrera para mantenerse a flote en esta severa Emergencia Humanitaria Compleja.

Previo al inicio del nuevo milenio, el país sudamericano, considerado el de mejor condición económica de la región, contaba con la asistencia de servicios públicos óptimos, con algunas deficiencias que podían ser superables, inclusive llegó a exportar a otras naciones parte de estos servicios, como sucedió con la electricidad. ¿La razón de este drástico cambio? A pesar de ser de interés público, El Estado en décadas anteriores había destinado parte de los mismos al sector privado con el fin de encontrar un equilibrio y mejorar la eficiencia en un marco de prudencia política. En su momento los servicios públicos venezolanos gozaron de regularidad, constancia y bastante uniformidad, junto a un aparato productivo que permitió a la mayoría de los ciudadanos tener una vida decente, pese a que siempre fueron servicios subsidiados y nunca cobrados adecuadamente. La nación se acostumbró a recibir servicios públicos con tarifas ínfimas, prácticamente gratis, la excusa siempre fue la abundancia de recursos, que terminaron malgastándose sin retribución por parte de los beneficiarios.

Con la llegada de la Revolución Bolivariana al poder, todos estos sectores considerados estratégicos pasan a completo control de El Estado. La falta de inversión y mantenimiento, la politización excesiva de los cargos estratégicos donde la fidelidad al régimen era más importante que el conocimiento profesional y méritos para ejercer el cargo, la excesiva corrupción y cambios en la legislación, son el caldo de cultivo que genera el posterior caos del sistema de servicios públicos nacional. Tan solo en el tema eléctrico, Transparencia Venezuela reporta en su “Manual contra la Corrupción” de 2019, la investigación en Europa y Estados Unidos de contratos multimillonarios por sobreprecio y lavado de dinero de US$ 2.400 millones, cometidos por funcionarios de alto nivel como Nervis Villalobos quien fuera ministro de Energía Eléctrica de Venezuela, Javier Alvarado ex viceministro de Desarrollo Eléctrico y Luis Motta Domínguez presidente de la Corporación Eléctrica Nacional (Corpoelec) y ex ministro de electricidad. Mientras el país entero padece una década de apagones eléctricos.

El día a día de un estudiante venezolano

El país ha contado con educación gratuita de calidad por muchas décadas, inclusive estas universidades contaron con buen ranking de clasificación en América Latina. Sin embargo, ante la grave crisis, la migración sostenida con su fuga de cerebros (tanto de estudiantes como profesores e investigadores), los permanentes hurtos de equipos y mobiliario, así como el estrangulamiento presupuestario de las universidades públicas, han convertido estos espacios educativos en verdaderos desiertos. Tan solo en la Facultad de Arquitectura y Diseño de la Universidad de los Andes en Mérida, fue hurtado todo el cableado dejando al complejo sin el 75% del fluido eléctrico y sin el 100% de internet indicó el decano Argimiro Castillo.

Ante esta situación, Ana Castellanos comenzó a estudiar en enero de 2018 una carrera online, a sus 20 años de edad, en una universidad privada. Expresa que el internet y la electricidad han sido los problemas antagónicos fundamentales en el desarrollo de sus estudios. Ya estudiar es un esfuerzo de tiempo y dedicación en condiciones normales, sin embargo, en Venezuela representa una verdadera carrera a campo traviesa. En su casa los servicios son un caos. Para resolver, ha empleado varias estrategias, como el uso de cibercafés alterando así su presupuesto, sentada en una acera frente a casa de algún vecino con planta eléctrica de las que funcionan con gasolina, lo que la expone a problemas de seguridad por estar en la calle, ha tenido que pedir prestadas horas en oficinas de amigos, se ha levantado a media noche cuando la internet tiene mejor funcionamiento para lograr cumplir durante la madrugada con sus trabajos académicos, cambiando sus horarios de sueño y alterando la dinámica de su vida por completo.

Adicionalmente a la angustia de poder culminar cada semestre, se suma que debe laborar para pagarse la carrera, donde cada semestre de 21 unidades crédito esta por el orden de 210 dólares americanos, en un país con un sueldo mínimo mensual decretado por el Estado en 30$. Para el resto de los gastos de la casa como alimentación, vivienda, transporte y pago de servicios, su madre se ha hecho cargo, recibiendo además ayuda de amigos y familiares.

La educación presencial dejó de ser opción ante la carencia de profesores, el mal estado de las instalaciones universitarias con su escasa seguridad, la falta de efectivo para el pago del transporte público que labora irregularmente y en horas limitadas por la falta de combustible y cuyas unidades en una gran mayoría se encuentran en precarias condiciones, haciéndolas inseguras.

El agua cae del cielo

Carmen cuenta que el montón de “peroles” que tiene sobre el piso del patio son para recolectar el agua de lluvia. Se refiere, en el argot popular venezolano, a una pila de envases donde el agua se acumula para usarla después en casa. Y es que el agua en el estado Carabobo de Venezuela, es de un color amarillento oscuro y tiene un olor fuerte , poco consumible en algunos momentos, por esta razón, el agua para beber es imprescindible adquirirla en establecimientos, como cada semana lo hace Tibaire y su esposo en la avenida Andrés Eloy Blanco de la ciudad de Valencia. Los pozos de agua, se han convertido en una realidad aceptada, sobre todo en los estados del centro y la capital de la República, pero Carmen no cuenta con el dinero para cavar uno en el patio de su vivienda.

La clase media, que aún existe en el país, ha optado por los tanques en sus apartamentos, usando alguno de los cuartos de baño donde el área de la ducha es usada como espacio de este aliviader. Estos tanques portátiles de distinta capacidad son llenados a través de pequeños hidroneumáticos. Cecilia, una persona de tercera edad que habita en el piso 12 de un edificio en El Paraíso, una icónica urbanización caraqueña, dice que su hijo les instaló este sistema hace ocho años y ha sido de gran ayuda, considerando que solo cuentan con cuatro horas del servicio de agua a la semana.

Mas bodegones que servicios públicos

Paradójicamente, Venezuela a lo largo y ancho de su geografía nacional reverdece con la autorización por parte de el Estado a una apertura económica con moneda extranjera en la presencia de bodegones e hipermercados donde se consiguen todo tipo de productos, tiendas de electrodomésticos (que probablemente dejarán de funcionar por las fluctuaciones de voltaje o los apagones), negocios donde se venden los celulares de última generación que serán adosados a compañías telefónicas con señal que permanentemente presentan fallas de conexión y conciertos en abundancia para la recreación.

Mientras sus habitantes, de acuerdo a su clase social, se acostumbran a solucionar las carencias de los servicios más básicos y elementales. “Velas y peroles para el agua de lluvia” en el caso de los más humildes, aunque algunas alcaldías bolivarianas han proporcionado por una módica suma los bombillos recargables y tanques de agua. En el caso de las clases más pudientes, las soluciones parten por invertir en plantas eléctricas, inversores, paneles solares, internet satelital y por fibra óptica, tanques y pozos de agua, entre otras opciones, de una creciente economía que apertura empresas, oportunamente brindando “los pañuelos” necesarios a quienes lo necesitan para superar sus angustias.

El país, que fuera tierra de oportunidades a miles de extranjeros que huyeron de la guerra y condiciones precarias en sus países de origen, de cara al futuro tiene grandes retos en contra y sigue siendo un interesante caso de estudio, donde sus habitantes comparten realidades que se encuentran bajo el camuflaje de una muy particular manera de ser del venezolano que resuelve muchas veces con buen humor.

La salud, la educación, los servicios públicos, la seguridad, el transporte, los espacios públicos, el entretenimiento y en general la calidad de vida, en Venezuela se encuentra disfrazada de colores en medio de una esterilidad absoluta que sus habitantes muchas veces no perciben-.